lunes, 4 de enero de 2010

Tranquilo

Ayer me acosté tarde, también. A veces creo estar tranquilo, pero no es cierto. Puedo estar tranquilo durante el día, pero la noche es un examen imposible de trampear. Desde hace algún tiempo siempre hay algo que me quita el sueño. El sueño reparador, necesario, y en ocasiones, ansiado... No es difícil quitarme el sueño. No es nada complicado mover mi balanza de la tranquilidad, puede hacerlo (casi) cualquiera. Puedo calificar la gravedad del asunto por el tiempo en que tardo en dormirme: hasta una hora es un problema leve, o de posible solución, pero que me cuesta trabajo.

Fumaba el último cigarrillo del día sentado en mi silla de pensar (así llamo al taburete de la cocina donde tomo el café) Pensaba en el trabajo que me esperaba al terminar las vacaciones... encadenaba problemas en él, visualizándolos, como los ejercicios de relajación creativa. Pero había un nudo que los enlazaba a todos, un centro, como el anillo de Frodo. Decisión. No estaba seguro, no, mejor: convencido. Me hacía preguntas de las que no sé la respuesta, y todo volvía al centro: ¿por qué? La pregunta total: ¿Qué?. El tema se es-fumó (es un juego de palabras) Apagué el cigarrillo y me fui a la cama con otros problemas en mi cabeza... La caja que nunca se cierra.
A oscuras abracé fuerte esa espalda que me acompaña hace muchas noches. Ese abrazo, quizás, tenga un punto egoísta. Busco menguar la fuerza y el ritmo de mi pecho contra esa espalda... A mayor ansiedad, más fuerte es mi abrazo. A veces respiro fuerte, o doy vueltas sobre mí mismo, o rodeo con fuerza, pero no molesto. No ronco. Estoy tan acostumbrado a no molestar, a intentar no molestar que soy cómodo para dormir. No ocupo más espacio que el que necesita mi cuerpo a lo largo. Incluso duermo de perfil. Hasta en ese estado de semi-consciencia llevo por dentro mi procesión. Es tan importante dormir bien... es tan importante dormir. Sí, le damos importancia a lo que no tenemos, o a lo que nos cuesta tener.
Esta mañana buscaba un documento de word que no encontraba. Me hacía falta, y por eso, no era capaz de encontrarlo. La ley de Murphy, supongo (pronunciado /Marfi/) Empecé a abrir documentos que ni recordaba tener. Abrí cajones y carpetas con el mismo éxito... "¿qué es esto? ¿pero qué coño es esto?" decía en voz alta, a veces sorprendido, y otras, asqueado. Entre tantos papeles encontré un texto que no quise guardar. Me senté en la cama y al releerlo iba sonriendo. ¿El nudo de la noche anterior se deshizo por casualidad? No me agobio en el trabajo porque sé, por estadística, que ese nudo termina deshaciéndose por su propio peso. Quizás sea yo quien lo deshaga, pero atribuyo el mérito a la casualidad. Fue sin intención. Las obras las resuelvo sin saber cómo lo he hecho. He llegado a decir que "mis obras se montan solas..." Por supuesto que es mentira. No seré yo, pero solas no se montan, coño!
Al final no encontré el papel que buscaba.

Necesito tranquilidad para trabajar. Y para conseguir tranquilidad, necesito estabilidad. Pensar.

- Dime, ¿dónde vamos primero?
- No lo sé.
- Céntrate, Dani.
- ¿Cómo me voy a centrar con todo lo que tengo en la cabeza? ¡y cómo coño se abre esto, niña, que me ahogo!
No me ahogo literalmente. Es sólo una sensación. No me acostumbro a que el coche de mi hermana tenga el botón para abrir la ventanilla, lejos de la ventanilla. ("Ingenieros para esto... " como decía el otro) No me parece lógico. Me parece una estupidez que me causa angustia por segundos sin pensar que el cristal no se bajará por más que lo toque. El maíz nunca crece más rápido por mucho que lo mires.
Millás explica muy bien esa sensación en su libro "El Mundo" me sentí muy identificado. Inconscientemente llevo toda mi vida buscando una salida de emergencia. Tener la posibilidad de salir si es necesario. Supongo que ese es el principio de la libertad, poder elegir. Tener derecho a decidir. Yo quiero poder decidir.

Hoy tardaré menos en quedarme dormido.

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